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Los paradigmas educativos en la digitalización de la cotidianidad.

Por: Adriana Rodríguez | Semana Mundial de la Educación – Odisea Educativa

La educación es el principio vital sobre el cual se sostiene el constructo social. Las prácticas que nos hacen ser como individuos provienen en primera instancia, de la experiencia endocultural, donde son depositados comportamientos y modos primeros y propios que dan sentido a las prácticas que ejecutan los grupos – en este particular, humanos- como respuesta a la supervivencia. 

No obstante, a medida que las poblaciones fueron asentándose, demográficamente creciendo y expandiéndose, dando cabida a sociedades más complejas en sus quehaceres políticos, económicos y religiosos; asimismo, las prácticas educativas fueron adecuándose a los requerimientos que los diferentes contextos exigían. El contexto presente, invita a reflexionar sobre los fines educativos y sus modos actuales, que bien pudiesen partir desde dos preguntas fundamentales: ¿Cuáles son los desafíos de la educación digital? y ¿de qué forma es posible plantear enfoques que deriven en un desarrollo pedagógico funcional pero sobre todo humano?

La educación digital

El perfil sobre lo educativo a través de la Historia del devenir humano, fue sumando a la praxis de los desarrollos técnicos que daban solución a una materialidad particular vinculada a la infraestructura, el vestido y el alimento, enfoques que diesen también cabida a la formación intelectual y humana, como parte de ese proceso en el cual las estructuras humanas se complejizan. El desarrollo artístico y científico son parte del resultado de estos modos de búsqueda por ampliar los conocimientos al expandir igualmente, las capacidades de expresión de éstos. No obstante, el acceso a la educación hasta no hace muchas décadas, se encontraba restringida a grupos sociales capaces de costear lo que era considerado principalmente como un privilegio y no un bien común. El acceso a la información y a la educación ha visto un vuelco positivo hacia la masificación del conocimiento. La arista puede encontrarse en tal caso en los tipos de contenidos ofrecidos y los modos en que son impartidos.

Hoy día es posible encontrar ofertas formativas de todo tipo en referencia al proyecto social en el cual nos encontramos inmersos. Definir dicho proyecto es un colosal para el cual no estoy preparada, no obstante, a todas luces se vincula y caracteriza a partir de la globalización y el desarrollo tecnológico y virtual, cuya constante avanzada en la transformación de los comportamientos habituales, exigen la implementación de alternativas que se ajusten y den respuesta a las expresiones de la realidad digital en la cual gravitamos. 

Sociedades vinculadas principalmente al mundo virtual y en búsqueda de paradigmas educativos de calidad y rápida efectividad, transforman los tradicionales espacios donde se solía impartir la educación, asimismo como las maneras en que tales planes pedagógicos eran impartidos. No es necesario asistir a una infraestructura particular para recibir clases, de modo que la limitación espacial se ve anulada gracias a la impronta del internet. De igual forma, es posible conectarse a una clase con especialistas que se encuentran en cualquier uso horario o en cualquier lugar del globo terráqueo y compartir experiencias y conocimientos con personas de cualquier cultura y realidad. La proyección de este modo educativo es realmente amplio y rico, en especial, en un acontecer histórico como el actual. 

Hemos visto cómo ha sido catalizado el proceso que implica la metamorfosis hacia lo virtual como eje de la vida actual. Anterior a la pandemia, la tendencia de la educación online iba tomando altos en el consumo de servicios ofertados. La practicidad que implica beneficiarse de un bien formativo desde la comodidad del hogar o la oficina, en horarios a escoger y convenir y sobre todo ante una gama infinita de contenidos, hace de la herramienta virtual un espacio óptimo para incluir educativamente a un público ilimitado, rompiendo la barrera de edad asociada al consumo formativo y dando cabida a la par, al acceso y producción igualmente ilimitado de contenidos. 

La pandemia ha consolidado sin precedentes, la consideración de la educación virtual como herramienta de acceso a procesos de aprendizaje e intercambio de conocimientos y esta vorágine pone en jaque los métodos y enfoques pedagógicos pre-existentes. Desde que inició la pandemia los márgenes de búsqueda formativa en línea han crecido exponencialmente y la tendencia es a que crezcan o en su defecto, se mantengan. Las medidas de cuarentena limitan la posibilidad de asistir a clases regulares o limitan la facilidad con la cual se solía acceder las mismas. 

No pretendo hacer de augur, pero el momento parece indicar que la realidad virtual ha de permearse en nuestra cotidianidad en aspectos que antes, hace tan sólo unos meses, discurrían de forma diferente. Hacer efectivos y positivos estos procesos representa de manera considerable, el imperativo central.

¿Hacia dónde nos dirigimos?

Aún cuando las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC) generan un flujo constante de contenido y capacidad de intercambio del mismo jamás experimentadas, en cuanto a la velocidad de recepción y reciprocidad y en referencia a un potencial creativo enorme y de amplio espectro; queda latente, y a merced de nuestras consideraciones, la redimensión de las potencialidades formativas.

Este punto es imperativo. Cuestionarse hacia dónde dirigimos nuestros enfoques formativos, tanto como tutores, así como individuos en formación, es decir, detenerse a considerar la dirección de todo este complejo alrededor del cual se plantea la educación dentro del modelo globalizador virtual, desde nuestras realidades particulares, es dar sentido y sostén a la construcción de prácticas pedagógicas, comprometidas efectivamente con las materialidades, retos y obstáculos que se nos presentan como sociedad.  

No deja de ser vinculante y necesario por tanto, que los hechos educativos asuman propuestas alternativas y contundentes ante la posibilidad de pensar y efectivamente consolidar, espacios de libre acceso y capacidad creativa, eso sí, sin descuidar el trasfondo desde el cual son proyectados todos estos esfuerzos, es decir, enmarcados dentro del reto que significa encontrarnos inmersos ante el uso de herramientas de un modelo social globalizador, dentro de nuestras particulares experiencias y expectativas regionales y/o nacionales. 

Aunque pueda parecer necio, no está de más mencionar que los hechos formativos no son inocentes y no se encuentran aislados o fuera de los contextos políticos, económicos y sociales de todo complejo humano. Todo lo contrario, las prácticas educativas representan el vehículo del éxito para cualquier modelo de sociedad, pues los conocimientos adquiridos dentro de los espacios formativos, han de ser efectivamente implementados en la consolidación de tales modelos.

Pensar el tipo de sociedad que construimos, es una invitación a cuestionarse el tipo de contenidos que producimos. La comunicación entre estos dos aspectos es de suma importancia. En la web puede conseguirse cualquier tipo de contenido, las redes se encuentran saturadas de vacuidad, de material sin profundidad, dirección y en muchos casos, utilidad práctica en lo que a lo social respecta. Por otro lado, existe una tendencia a la reproducción de contenidos similares que también copan la web, generando una competencia que por lo general tiene mayor interés por el consumo publicitario que genera dividendos, que por el valor temático y formativo que brindan.

 Estos dos aspectos en la producción de contenidos hacen parte de una especie de modelo social que se gesta ante nuestra mirada, y que apunta a la deshumanización como principio de desvinculación del hombre con su materialidad, a partir del consumo vacuo. 

A mí juicio, la educación virtual se enfrenta a varios desafíos, a saber: uso de herramientas virtuales de forma efectiva para la creación de contenidos tanto atractivos como de calidad, entendiendo por ello, contenidos especializados y prácticos. Y desarrollo de tales contenidos bajo el precepto de que la utilidad de los mismos responde a la pertinencia que les acoge. 

Debo confesar que el motor tras esta iniciativa reflexiva, parte del terror que siento por la deshumanización de la educación, disfrazada bajo la falsa máscara de la formación individual. Existe un nivel subjetivo de nuestros quehaceres en cuanto a los talentos y ambiciones que nos mueven hacia tal o cual conocimiento, no obstante el interés por el aporte a lo social debe ser constante como los latidos de un corazón sano. 

He aquí la cuestión que motiva estos párrafos, pues cómo humanizar la educación virtual es para mí el reto más claro dentro de la multiplicidad de desafíos que la envuelven, no obstante, debo señalar que no tengo las respuestas para ello. Este artículo es una provocación para el debate… una chispa que busca hacerse llama en medio de una conmoción mundial que a una velocidad inesperada ha transformado toda nuestra cotidianidad y cataliza así mismo a la humanidad, hacia la digitalización de todos los aspectos de la vida. 

Adriana Rodríguez es Licenciada en Historia por la Universidad de Los Andes (ULA).

Instagram: adrianarodriguez496